GET-Viento triste. Primera parte (2014)

GET- Viento triste. Segunda parte (2014)

martes, 13 de octubre de 2015

Rosalía de Castro, La flor


Ángel Saavedra, Duque de Rivas, Lanuza


Duque de Rivas - Lanuza

Rosalía de Castro. "Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros"

E. Siglo XIX. ROMANTICISMO. 3. Poesía.
D) Rosalía de Castro. “Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros”

Texto:
       Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros, 
ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros. 
Lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso, 
de mí murmuran y exclaman: 
                                                            —Ahí va la loca soñando 
con la eterna primavera de la vida y de los campos, 
y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos, 
y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.

—Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarcha, 
mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula, 
con la eterna primavera de la vida que se apaga 
y la perenne frescura de los campos y las almas, 
aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan.

Astros y fuentes y flores, no murmuréis de mis sueños, 
sin ellos, ¿cómo admiraros ni cómo vivir sin ellos?

Cuestión:

1.  ¿Existe en la actualidad el sentimiento que expresa Rosalía en este poema? Y si crees que no, señala lo que te resulta raro en las expresiones que aparecen.

José de Espronceda. "Canción del pirata"

E. Siglo XIX. ROMANTICISMO. 3. Poesía.
B) José de Espronceda. “Canción del pirata”

Texto:


Con diez cañones por banda,
viento en popa a toda vela,
no corta el mar, sino vuela,
un velero bergantín;
bajel pirata que llaman
por su bravura el Temido
en todo el mar conocido
del uno al otro confín.
La luna en el mar riela,
en la lona gime el viento
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul;
y ve el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
Y allá a su frente Estambul:
-Navega, velero mío,
  sin temor
que ni enemigo navío,
ni tormenta, ni bonanza
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.
Veinte presas
hemos hecho
a despecho
del inglés
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi Dios la libertad;
mi ley, la fuerza y el viento;
mi única patria, la mar.
Allá muevan feroz guerra
ciegos reyes
por un palmo más de tierra,
que yo tengo aquí por mío
cuanto abarca el mar bravío
a quien nadie impuso leyes.
Y no hay playa
sea cualquiera,
ni bandera
de esplendor,
que no sienta
mi derecho
y dé pecho
a mi valor
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi Dios la libertad;
mi ley, la fuerza y el viento;
mi única patria, la mar.
A la voz de ¡barco viene!,
es de ver
cómo vira y se previene
a todo trapo a escapar:
que yo soy el rey del mar
y mi furia es de temer.
En las presas
yo divido
lo cogido
por igual:
sólo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi Dios la libertad;
mi ley, la fuerza y el viento;
mi única patria, la mar.
¡Sentenciado estoy a muerte!
Yo me río:
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena
colgaré de alguna antena
quizá en su propio navío.
Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di
cuando el yugo
del esclavo
como un bravo sacudí.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi Dios la libertad;
mi ley, la fuerza y el viento;
mi única patria, la mar.
Son mi música mejor
aquilones,
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.
Y del trueno
al son violento,
y del viento,
al rebramar,
yo me duermo
sosegado,
arrullado
por el mar.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi Dios la libertad;
mi ley, la fuerza y el viento;
mi única patria, la mar.



Cuestiones:

1. ¿Por qué el pirata es un tipo humano que atrae a Espronceda y a otros románticos?

2. El poema tiene un ritmo vibrante y rápido. Busca la causa en la versificación.

3. ¿Qué ideales de Espronceda se expresan en el poema?

4. Busca en él vocablos de especial tono romántico.

Ramón de Mesonero Romanos, Escenas matritenses. "El Romanticismo y los románticos"

E. Siglo XIX. ROMANTICISMO. 2. Narrativa.
B) Ramón de Mesonero Romanos: Escenas matritenses. “El Romanticismo y los románticos”

Texto:
La primera aplicación que mi sobrino creyó deber hacer de adquisición tan importante, fue a su propia física persona, esmerándose en poetizarla por medio del romanticismo aplicado al tocador. Porque (decía él) la fachada de un romántico debe ser gótica, ojiva, piramidal y emblemática.
Para ello comenzó a revolver cuadros y libros viejos, y a estudiar los trajes del tiempo de las Cruzadas; y cuando en un códice roñoso y amarillento acertaba a encontrar un monigote formando alguna letra inicial de capítulo, o rasguñado al margen por infantil e inexperta mano, daba por bien empleado su desvelo, y luego poníase a formular en su persona aquel trasunto de la Edad Media.
Por resultado de estos experimentos llegó muy luego a ser considerado como la estampa más romántica de todo Madrid, y a servir de modelo a todos los jóvenes aspirantes a esta nueva, no sé si diga ciencia o arte. -Sea dicho en verdad; pero si yo hubiese mirado el negocio sólo por el lado económico, poco o nada podía pesarme de ello; porque mi sobrino, 51 procediendo a simplificar su traje, llegó a alcanzar tal rigor ascético, que un ermitaño daría más que hacer a los Utrillas y Rougets.
Por de pronto eliminó el frac, por considerarlo del tiempo de la decadencia; y aunque no del todo conforme con la levita, hubo de transigir con ella, como más análoga a la sensibilidad de la expresión. Luego suprimió el chaleco, por redundante; luego el cuello de la camisa, por inconexo; luego las cadenas y relojes; los botones y alfileres, por minuciosos y mecánicos; después los guantes, por embarazosos; luego las aguas de olor, los cepillos, el barniz de las botas, y las navajas de afeitar; y otros mil adminículos que los que no alcanzamos la perfección romántica creemos indispensables y de todo rigor.
Quedó, pues, reducido todo el atavío de su persona a un estrecho pantalón que designaba la musculatura pronunciada de aquellas piernas; una levitilla de menguada faldamenta, y abrochada tenazmente hasta la nuez de la garganta; un pañuelo negro descuidadamente anudado en torno de ésta, y un sombrero de misteriosa forma, fuertemente introducido hasta la ceja izquierda. Por bajo de él descolgábanse de entrambos lados de la cabeza dos guedejas de pelo negro y barnizado, que formando un bucle convexo, se introducían por bajo de las orejas, haciendo desaparecer éstas de la vista del espectador; las patillas, la barba y el bigote, formando una continuación de aquella espesura, daban con dificultad permiso para blanquear a dos mejillas lívidas, dos labios mortecinos, una afilada nariz, dos ojos grandes, negros y de mirar sombrío; una frente triangular y fatídica.
Tal era la vera efigies de mi sobrino, y no hay que decir que tan uniforme tristura ofrecía no sé qué de siniestro e inanimado, de suerte que no pocas veces, cuando cruzado de brazos y la barba sumida en el pecho, se hallaba abismado en sus tétricas reflexiones, llegaba yo a dudar si era él mismo o sólo su traje colgado de una percha; y aconteciome más de una ocasión el ir a hablarle por la espalda, creyendo verle de frente, o darle una palmada en el pecho, juzgando dársela en el lomo.


Cuestiones:

1. ¿Es muy distinta la juventud de hoy a la del Romanticismo?
2. ¿Qué palabras usa el autor que pueden suponerse burla de las de su sobrino?




lunes, 12 de octubre de 2015

Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, Acto III. Escenas XII y XIII

D. Siglo XVIII. NEOCLASICISMO. 3. Teatro.
B) Leandro Fernández de Moratín: El sí de las niñas. Acto III, escena XII.

Texto:
(DON DIEGO, DOÑA FRANCISCA Y DOÑA IRENE, madre de esta.)
RITA: Señora.
DOÑA FRANCISCA: ¿Me llamaba usted?
DOÑA IRENE: Sí, hija mía, sí; porque el señor don Diego nos trata de un modo que ya no se puede aguantar. ¿Qué amores tienes, niña? ¿A quién has dado palabra de matrimonio? ¿Qué enredos son éstos?... Y tú, picarona... Pues tú también lo has de saber... Por fuerza lo sabes... ¿Quién ha escrito este papel? (Presentando el papel abierto a doña Francisca.)
RITA: (Aparte, a doña Francisca): Su letra es.
DOÑA FRANCISCA: ¡Qué maldad!... Señor don Diego, ¿así cumple usted su palabra?
DON DIEGO: Bien sabe Dios que no tengo la culpa... Venga usted aquí. (Tomando de una mano a doña Francisca, la pone a su lado.) No hay que temer... Y usted, señora, escuche y calle, y no me ponga en términos de hacer un desatino. ... Déme usted ese papel... (Quitándole el papel.) Paquita, ya se acuerda usted de las tres palmadas de esta noche.
DOÑA FRANCISCA: Mientras viva me acordaré.
DON DIEGO: Pues éste es el papel que tiraron a la ventana... No hay que asustarse, ya lo he dicho. (Lee.) «Bien mío: si no consigo hablar con usted, haré lo posible para que llegue a sus manos esta carta. Apenas me separé de usted, encontré en la posada al que yo llamaba mi enemigo, y al verle no sé cómo no expiré de dolor. Me mandó que saliera inmediatamente de la ciudad, y fue preciso obedecerle. Yo me llamo don Carlos, no don Félix. Don Diego es mi tío. Viva usted dichosa y olvide para siempre a su infeliz amigo. Carlos de Urbina.»
DOÑA IRENE: ¿Conque hay eso?
DOÑA FRANCISCA: ¡Triste de mí!
DOÑA IRENE: ¿Conque es verdad lo que decía el señor, grandísima picarona? Te has de acordar de mí. (Se encamina hacia doña Francisca, muy colérica, y en ademán de querer maltratarla. Rita y don Diego la estorban.)
DOÑA FRANCISCA: ¡Madre!... ¡Perdón!
DOÑA IRENE: No, señor; que la he de matar.
DON DIEGO: ¿Qué locura es ésta?
DOÑA IRENE: He de matarla.

Escena XIII
(DON CARLOS, DON DIEGO, DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, RITA)

(Sale DON CARLOS del cuarto precipitadamente; coge de un brazo a DOÑA FRANCISCA, se la lleva hacia el fondo del teatro y se pone delante de ella para defenderla. DOÑA IRENE se asusta y se retira.)

DON CARLOS.- Eso no... Delante de mí nadie ha de ofenderla.
DOÑA FRANCISCA.- ¡Carlos!
DON CARLOS.- (A DON DIEGO) Disimule usted mi atrevimiento... He visto que la insultaban, y no me he sabido contener.
DOÑA IRENE.- ¿Qué es lo que me sucede Dios mío?... ¿Quién es usted?... ¿Qué acciones son éstas?... ¡Qué escándalo!
DON DIEGO.- Aquí no hay escándalos... Ese es de quien su hija de usted está enamorada... Separarlos y matarlos viene a ser lo mismo... Carlos... No importa... Abraza a tu mujer.
(Se abrazan DON CARLOS y DOÑA FRANCISCA, y después se arrodillan a los pies de DON DIEGO.)
DOÑA IRENE.- ¿Conque su sobrino de usted?...
DON DIEGO.- Sí, señora, mi sobrino, que con sus palmadas, y su música, y su papel, me ha dado la noche más terrible que he tenido en mi vida... ¿Qué es esto, hijos míos, qué es esto?
DOÑA FRANCISCA.- ¿Conque usted nos perdona y nos hace felices?
DON DIEGO. Sí, prendas de mi alma... Sí. (Los hace levantar con expresión de ternura.)
DOÑA IRENE.- ¿Y es posible que usted se determina a hacer un sacrificio?...
DON DIEGO.- Yo pude separarlos para siempre, y gozar tranquilamente la posesión de esta niña amable; pero mi conciencia no lo sufre... ¡Carlos!... ¡Paquita!... ¡Qué dolorosa impresión me deja en el alma el esfuerzo que acabo de hacer!... Porque, al fin, soy hombre miserable y débil.
DON CARLOS.- (Besándole las manos.) Si nuestro amor, si nuestro agradecimiento pueden bastar a consolar a usted en tanta pérdida...
DOÑA IRENE.- ¡Conque el bueno de don Carlos! Vaya que...
DON DIEGO.- Él y su hija de usted estaban locos de amor, mientras que usted y las tías fundaban castillos en el aire, y me llenaban la cabeza de ilusiones, que han desaparecido como un sueño... Esto resulta del abuso de la autoridad, de la opresión que la juventud padece; estas son las seguridades que dan los padres y los tutores, y esto lo que se debe fiar en el sí de las niñas... Por una casualidad he sabido a tiempo el error en que estaba... ¡Ay de aquellos que lo saben tarde!.
DOÑA IRENE.- En fin, Dios los haga buenos, y que por muchos años se gocen... Venga usted acá, señor, venga usted, que quiero abrazarle.
(Abrazando a DON CARLOS. DOÑA FRANCISCA se arrodilla y besa la mano a su madre.)
Hija, Francisquita. ¡Vaya! Buena elección has tenido... Cierto que es un mozo galán... Morenillo, pero tiene un mirar de ojos muy hechicero.
RITA.- Sí, dígaselo usted, que no lo ha reparado la niña... Señorita, un millón de besos.
(Se besan DOÑA FRANCISCA y RITA.)
DOÑA FRANCISCA.- Pero, ¿ves qué alegría tan grande?... ¡Y tú, como me quieres tanto!... Siempre, siempre serás mi amiga.
DON DIEGO.- Paquita hermosa (Abraza a DOÑA FRANCISCA), recibe los primeros abrazos de tu nuevo padre... No temo ya la soledad terrible que amenazaba a mi vejez... Vosotros (Asiendo de las manos a DOÑA FRANCISCA y a DON CARLOS) seréis la delicia de mi corazón; y el primer fruto de vuestro amor... sí, hijos, aquél... no hay remedio, aquél es para mí. Y cuando le acaricie en mis brazos, podré decir: a mí me debe su existencia este niño inocente; si sus padres viven, si son felices, yo he sido la causa.
DON CARLOS.- ¡Bendita sea tanta bondad!
DON DIEGO.- Hijos, bendita sea la de Dios.


Cuestiones:
1. Don Diego representa el comedimiento y la sensatez, ideales ilustrados, ¿cómo se manifiesta en el texto? ¿Hubiera sido su reacción la misma de ser un personaje del teatro del Siglo de Oro? ¿Por qué?
2. ¿Cómo expresa doña Francisca su sumisión? ¿Es una heroína moderna? ¿Se parece a las damas del teatro anterior?
3. ¿Eran los neoclásicos reformistas o revolucionarios? Razona tu respuesta.
4. El lenguaje, liberado de las obligaciones que impone el verso, se hace coloquial. Señala los rasgos que te parezcan coloquiales en el texto y los que creas muy relamidos hoy.


Gaspar Melchor de Jovellanos, Memoria para el arreglo de la policía de espectáculos. Segunda parte (frag.)

D. Siglo XVIII. NEOCLASICISMO. 2. Prosa.
C) Gaspar Melchor de Jovellanos: Memoria para el arreglo de la policía de espectáculos. “Segunda parte.” (frag.).

Texto:

       Sin embargo, ¿cómo es posible que la mayor parte de los pueblos de España no se divierten en manera alguna? Cualquiera que haya corrido nuestras provincias habrá hecho muchas veces esta dolorosa observación. En los días más solemnes, en vez de la alegría y bullicio que debieran anunciar el contento de sus moradores, reina en las calles y plazas una perezosa inacción, un triste silencio, que no se pueden advertir sin admiración ni lástima. Si algunas personas salen de sus casas, no parece sino que el tedio y la ociosidad las echan de ellas y las arrastran al ejido, al humilladero, a la plaza o al pórtico de la iglesia, donde, embozados en sus capas o al arrimo de alguna esquina, o sentados o vagando acá y acullá sin objeto ni propósito determinado, pasan tristemente las horas y las tardes enteras sin espaciarse ni divertirse. Y si a eso se añade la aridez e inmundicia de los lugares, la pobreza y desaliño de sus vecinos, el aire triste y silencioso, la pereza y falta de unión y movimiento que se notan en todas partes, ¿quién será el que no se sorprenda y entristezca a vista de tan raro fenómeno?

       No es de este lugar descubrir todas las causas que concurren a producirle; sean las que fueren, se puede asegurar que todas emanarán de las leyes. Pero sin salir de nuestro propósito no podemos callar que una de las más ordinarias y conocidas está en la mala policía de muchos pueblos. El celo indiscreto de no pocos jueces se persuade a que la mayor perfección del gobierno municipal se cifra en la sujeción del pueblo y a que la suma del buen orden consiste en que sus moradores se estremezcan a la voz de la justicia y en que nadie se atreva a moverse ni cespitar al oír su nombre. En consecuencia, cualquiera bulla, cualquiera gresca o algazara recibe el nombre de asonada y alboroto; cualquiera disensión, cualquiera pendencia es objeto de un procedimiento criminal, y trae en pos de sí pesquisas y procesos y prisiones y multas, y todo el séquito de molestias y vejaciones forenses. Bajo tan dura policía el pueblo se acobarda y entristece, y sacrificando su gusto a su seguridad renuncia la diversión pública e inocente, pero sin embargo peligrosa, y prefiere la soledad y la inacción, tristes a la verdad y dolorosas, pero al mismo tiempo seguras.

       De semejante sistema han nacido infinitos reglamentos de policía, no solo contrarios al contento de los pueblos sino también a su prosperidad, y no por eso observados con menos rigor y dureza. En unas partes se prohíben las músicas y cencerradas, y en otras las veladas y bailes. En unas se obliga a los vecinos a cerrarse en sus casas a la queda, y en otras a no salir a la calle sin luz, a no pararse en las esquinas, a no juntarse en corrillos y a otras semejantes privaciones. El furor de mandar y, alguna vez, la codicia de los jueces han extendido hasta las más ruines aldeas reglamentos que apenas pudiera exigir la confusión de una corte; y el infeliz gañán, que ha sudado sobre los terrones del campo y dormido en la era toda la semana, no puede en la noche del sábado gritar libremente en la plaza de su lugar, ni entonar un romance a la puerta de su novia.

       Aun el país en que vivo, aunque tan señalado entre todos por su laboriosidad, por su natural alegría y por la inocencia de sus costumbres, no ha podido librarse de semejantes reglamentos, y el disgusto con que son recibidos, y de que he sido testigo alguna vez, me sugiere ahora estas reflexiones. La dispersión de su población ni exige ni permite por fortuna la policía municipal inventada para los pueblos agregados, pero los nuestros se juntan a divertirse en las romerías y allí es donde los reglamentos de policía los siguen e importunan. Se ha prohibido en ellas el uso de los palos, que hace aquí necesarios, más que la defensa, la fragosidad del país; se han vedado las danzas de los hombres; se ha hecho cesar a media tarde las de las mujeres, y finalmente se obliga a disolver antes de la oración las romerías, que son la única diversión de estos laboriosos e inocentes pueblos. 
   
     ¿Cómo es posible que estén bien hallados y contentos con tan molesta policía?
Se dirá que todo se sufre, y es verdad; todo se sufre, pero se sufre de mala gana; todo se sufre, pero ¿quién no temerá las consecuencias de tan largo y forzado sufrimiento? El estado de libertad es una situación de paz, de comodidad y de alegría; el de sujeción lo es de agitación, de violencia y disgusto; por consiguiente, el primero es durable, el segundo expuesto a mudanzas. No basta, pues, que los pueblos estén quietos; es preciso que estén contentos, y solo en corazones insensibles o en cabezas vacías de todo principio de humanidad, y aun de política, puede abrigarse la idea de aspirar a lo primero sin lo segundo.


Cuestiones:

1. Señala los rasgos que, en este texto, muestran el carácter ilustrado de Jovellanos.


José Cadalso, Cartas marruecas. "Carta VII" (frag.)

D. Siglo XVIII. NEOCLASICISMO. 2. Prosa.
B) José Cadalso: Cartas marruecas. “Carta VII”.

Texto:

Me acuerdo que yendo a Cádiz, donde se hallaba mi regimiento de guarnición, me extravié y me perdí en un monte. Iba anocheciendo, cuando me encontré con un caballero de hasta unos veintidós años, de buen porte y presencia. Llevaba un arrogante caballo, sus dos pistolas primorosas, calzón y ajustador de ante con muchas docenas de botones de plata, el pelo dentro de una redecilla blanca, capa de verano caída sobre el anca del caballo, sombrero blanco finísimo y pañuelo de seda morada al cuello. Nos saludamos, como era regular, y preguntándole por el camino de tal parte me respondió que estaba lejos de allí; que la noche ya estaba encima y dispuesta a tornar; que el monte no era seguro; que mi caballo estaba cansado, y que, en vista de todo esto, me aconsejaba y suplicaba que fuese con él a un cortijo de su abuelo, que estaba a media legua corta. Lo dijo todo con tanta franqueza y agasajo, y lo instó con tanto empeño, que acepté la oferta. La conversación cayó, según costumbre, sobre el tiempo y cosas semejantes; pero en ella manifestaba el mozo una luz natural clarísima con varias salidas de viveza y feliz penetración, lo cual, junto con una voz muy agradable y gesto muy proporcionado, mostraba en él todos los requisitos naturales de un perfecto orador; pero de los artificiales. esto es, de los que enseña el arte por medio del estudio, no se hallaba ni uno siquiera. Salimos ya del monte, cuando no pudiendo menos de notar lo hermoso de los árboles le pregunté si cortaban de aquella madera para construcción de navíos.
—¿Qué sé yo de eso?—me respondió con presteza. Para eso, mi tío el comendador. En todo el día no habla sino de navíos, brulotes, fragatas y galeras. ¡Válgame Dios, y qué pesado está el buen caballero! Poquitas veces hemos oído de su boca, algo trémula por sobra de años y falta de dientes, la batalla de Tolón, la toma de los navíos la Princesa y el Glorioso, la colocación de los navíos de Leso en Cartagena. Tengo la cabeza llena de almirantes holandeses e ingleses. Por cuanto hay en el mundo dejará de rezar todas las noches a San Telmo por los navegantes; y luego entra en un gran parladillo sobre los peligros de la mar, al que se sigue otro sobre la pérdida de toda una flota entera, no sé qué año, en que se escapó el buen señor nadando, y luego una digresión natural y bien traída sobre lo útil que es el saber nadar. Desde que tengo uso de razón no le he visto corresponderse por escrito sino con el marqués de la Victoria, ni le he conocido más pesadumbre que la que tuvo cuando supo la muerte de don Jorge Juan. El otro día estábamos muy descuidados comiendo, y al dar el reloj las tres, dio una gran palmada en la mesa, que hubo de romperla o romperse las manos, y dijo, no sin mucha cólera:—A esta hora fue cuando se llegó a nosotros, que íbamos en el navío la Princesa, el tercer navío inglés. Y a fe que era muy hermoso y de noventa cañones. ¡Y qué velero! De eso no he visto. Lo mandaba un señor oficial. Si no es por él, los otros dos no hubieran contado el lance. ¿Pero qué se ha de hacer? ¡Tantos a uno!—En esto le asaltó la gota que padece días ha, y que nos valió un poco de descanso, porque si no, tenía traza de irnos contando de uno en uno todos los lances de mar que ha habido en el mundo desde el arca de Noé.
Cesó por un rato el mozalbete la murmuración contra su tío, tan respetable según lo que él mismo contaba; y al entrar en un campo muy llano, con dos lugarcillos que se descubrían a corta distancia el uno del otro. —¡Bravo campo—dije yo—para disponer setenta mil hombres en batalla!—Con esas a mi primo el cadete de Guardias—respondió el señorito con igual desembarazo—, que sabe cuántas batallas se han dado desde que los ángeles buenos derrotaron a los malos. Y no es lo más esto, sino que sabe también las que se perdieron, por qué se perdieron y las que se ganaron, por qué se ganaron, y por qué se quedaron indecisas las que ni se perdieron ni ganaron.
Ya lleva gastados no sé cuántos doblones en instrumentos de matemáticas, y tiene un baúl lleno de unos que él llama planos, y son unas estampas feas que ni tienen caras ni cuerpos.
Procuré no hablarle más de ejército que de marina, y sólo le dije:—No sería lejos de aquí la batalla que se dio en tiempo de don Rodrigo, y fue tan costosa como nos dice la historia.—¡Historia!—dijo—. Me alegrara que estuviera aquí mi hermano el canónigo de Sevilla. Yo no la he aprendido, porque Dios me ha dado en él una biblioteca viva de todas las historias del mundo. Es mozo que sabe de qué color era el vestido que llevaba puesto el rey San Fernando cuando tomó a Sevilla.
Llegábamos ya cerca del cortijo, sin que el caballero me hubiese contestado a materia alguna de cuantas le toqué. Mi natural sinceridad me llevó a preguntarle cómo le habían educado, y me respondió:—A mi gusto, al de mi madre y al de mi abuelo, que era un señor muy anciano, que me quería como a las niñas de sus ojos. Murió de cerca de cien años de edad. Había sido capitán de Lanzas de Carlos II, en cuyo palacio se había criado. Mi padre bien quería que yo estudiase, pero tuvo poca vida y autoridad para conseguirlo. Murió sin tener el gusto de verme escribir. Ya me había buscado un ayo, y la cosa iba de veras, cuando cierto accidentillo lo descompuso todo.
—¿Cuáles fueron sus primeras lecciones?—le pregunté.—Ninguna—respondió el mocito—: en sabiendo leer un romance y tocar un polo, ¿para qué necesita más un caballero? Mi dómine bien quiso meterme en honduras; pero le fue muy mal y hubo de irle mucho peor. El caso fue que había yo ido con otros camaradas a un encierro. Súpolo el buen maestro y vino tras mí a oponerse a mi voluntad. Llegó precisamente a tiempo que los vaqueros me andaban enseñando cómo se toma la vara. No pudo su desgracia traerle a peor ocasión. A la segunda palabra que quiso hablar, le di un varazo tan divino en medio de los sentidos, que le abrí la cabeza en más cascos que una naranja; y gracias que me contuve, porque mi primer pensamiento fue ponerle una vara lo mismo que a un toro de diez años; pero, por primera vez, me contenté con lo dicho. Todos gritaban: ¡Viva el señorito!; y hasta el tío Gregorio, que es hombre de pocas palabras, exclamó: Lo ha hecho usía como un ángel del cielo.


Apoyo léxico: Ajustador, jubón, prenda ajustada al cuerpo. Agasajo, deseo de agradar. Don Rodrigo, el último rey godo, que el año 711, fue derrotado por los musulmanes en la batalla del río Guadalete. Ayo, hombre encargado en las casas principales de custodiar niños o de la educación de los jóvenes. 



Cuestiones:
1. ¿Qué palabras emplea Cadalso para ridiculizar al caballerete?
2. ¿Qué partes observas en el texto?


Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas. Acto segundo "Es un señor muy mirado, muy puntual..."

D. Siglo XVIII. NEOCLASICISMO. 3. Teatro.
A) Leandro Fernández de Moratín: El sí de las niñas.

Texto:
Acto segundo.
Doña Irene amonesta a su hija por la frialdad que manifiesta don Diego, cuyo elogio le hace una vez más.

DOÑA IRENE.- Es un señor muy mirado, muy puntual. ¡Tamn buen cristiano! ¡Tan atento! ¿Tan bien hablado! ¡Y con qué garbo y generosidad se porta! [...] ¡Y qué casa tiene! Es mucho aquello. ¿Qué ropa blanca! ¡Qué batería de cocina! ¡Y qué despensa, llena de cuanto Dios crió...! Pero tú no parece que atiendes a lo que estoy diciendo.

PAQUITA.- Sí, señora, bien lo oigo; pero no la querría interrumpir a usted.

DOÑA IRENE.- Allí estarás, hija mía, como pez en el agua. Pajaritas del aire que apetecieras las tendrías, porque, como él te quiere tanto, y es un caballero tan de bien y tan temeroso de Dios... Pero, mira, Francisquita, que me cansa de veras el que siempre que te hablo de esto hayas dado en la flor de no responderme palabra... ¡Pues no es cosa particular, señor!

PAQUITA.- Mamá, no se enfade usted.

DOÑA IRENE.- No es buen empeño de...  Y ¿te parece a ti qu no sé yo muy bien de dónde viene eso? ¿No ves que conozco las locuras que se te han metido en esa cabeza de chorlito? ¡Perdóneme Dios!

PAQUITA.- Pero... Pues ¿qué sabe usted?.

DOÑA IRENE.- Me quieres engañar, ¿eh? ¡Ay, hija mía! He vivido mucho. y tengo yo mucha trastienda y mucha penetración para que tú me engañes.

PAQUITA.- (Aparte, creyendo que su madre conoce sus relaciones con don Carlos.) ¡Perdida estoy!

DOÑA IRENE.- Sin contar con su madre... Como si tal madre no tuviera... Yo te aseguro que, aunque no hubiera sido con esta ocasión, de todos modos era ya necesario sacarte del convento [...]. ¡Mire usted qué juicio de niña este! Que porque ha vivido un poco de tiempo entre monjas, ya se le puso en la cabeza el ser monja también... Ni qué entiende ella de eso, ni qué... En todos los estados se sirve a Dios, Frasquita; pero el complacer a una madre, asistirla, acompañarla y ser el consuelo de sus trabajos, esa es la primera obligación de una hija obediente... Y sépalo, si no lo sabe.

PAQUITA.- Es verdad, mamá... Pero yo nunca he pensado abandonarla a usted.

DOÑA IRENE.- Sí, que no sé yo...

PAQUITA.- No, señora. Créame usted. La Paquita nunca se apartará de su madre ni le dará disgustos [...]

DOÑA IRENE.- Pues, hija, ya sabes lo que te he dicho. Ya ves lo que pierdes, y la pesadumbre que me darás si no te portas en un todo como corresponde... Cuidado con ello.

PAQUITA.- (Aparte) ¡Pobre de mí!

Cuestiones:
1) Esta comedia, a diferencia de las del teatro del Siglo de Oro, está escrita en prosa. Y pinta un ambiente burgués. Resume brevemente su argumento.
2) El personaje de la madre, o no aparece, o carece de importancia en el teatro del Siglo de Oro. Aquí, en cambio, es fundamental. ¿A qué lo atribuyes?
3. ¿Qué elogia doña Irene en don Diego?
4. ¿Con qué tipo de oraciones lo pondera? ¿Por qué?
5. ¿Miente Paquita? ¿Qué hace?
6. Doña Irene no entiende bien lo que le dice su hija. ¿Qué es lo que cree?
7. ¿Cómo expresa doña Francisca su sumisión? ¿Es una heroína “moderna”? ¿Eran los neoclásicos reformistas o “revolucionarios”?
8. Doña Irene pasa de la persuasión a la amenaza. ¿En qué momento?
9. El lenguaje, liberado de las obligaciones que impone el verso, se hace más coloquial. Señala los rasgos que te parezcan más coloquiales.
10. Qué pretende combatir esta comedia?
11. ¿Es importante esta escena, dentro del plan general de la comedia? ¿Por qué?


12. Busca en una edición a tu alcance de la comedia la intervención de don Diego en que pide a Paquita “sinceridad”: “Yo soy ingenuo; mi corazón...” Cópiala.

Nuestro teatro - Viento triste (2013)